Toda la vida he inventado que me gusta el whisky puro, pero la verdad no soporto su sabor. Debo esconderlo con agua mineral y en ocasiones incluso con algo de coca. Es más un recuerdo que un gusto. Es transporte directo a esos días cuando por primera vez ganaba suficiente para poder pagar las cuentas de mis amigos e incluso las copas de compañía para esas bellas damas que rondaban ese bar que nos gustaba tanto ir. La cerveza ya era muestra de una vida que habíamos superado. Fueron apenas un par de años, pero fueron años que le dieron un significado nuevo a mi vida social.
Estaba comprometido, pero eso poco me importó. De hecho, unos meses después mandé todo al diablo ante las oportunidades que venían. Mientras la soledad hundía mi casa, la calle se volvió un espacio lleno de colores. En una ocasión de esas conocí a Estrella, una niña que parecía salida de una película. Apenas en sus primeros veintes, rubia y con una sonrisa que a cualquiera le podía arrancar el peor día de su vida en el primer segundo que se le tenía enfrente. Alta y con un sentido del humor increíble. Era perfecta para el trabajo que desempeñaba, pues la mayoría de las chicas eran guapas pero sin ese encanto.
Regresábamos cada jueves o cada vez que se daba la oportunidad. Los pretextos que teníamos que dar se volvían cada vez más huecos. Los estados de cuenta eran cada vez más abultados y difíciles de esconder. La paciencia terminó y pronto no era el único soltero. Eso detonó la época de mayor cantidad de visitas. Estrella y sus amigas estaban ahí y tan pronto llegábamos se arremolinaban en nuestra mesa. No era por cariño, sino que éramos sus mejores clientes. No nos importaba mientras pudiéramos pasarla bien.
La primera vez que le pregunté qué era lo que la hacía hacer lo que hacía se molestó y se levantó. No quiso saber de mí en varias visitas. Había cruzado una línea. No éramos amigos, no éramos confidentes, no era nadie en su vida como para hacerle preguntas que estuvieran fuera del script. Tardé en entenderlo, pero pronto volvió. Fría e indiferente, sabedora de haber ganado una batalla y poseída por esa arrogancia que ahora me escupía por haberle pedido que viniera a pesar de su rechazo. Un día la hice venir desde su casa y llegó tan encantadora como siempre. Fue la noche que más gasté.
No me malentiendan. No le pedía nada más que su compañía. Era una copa tras otra sin más intención que poderla contemplar y beberme su sonrisa. Pensé que eso cruzaría el círculo de indiferencia pero eso no sucedía. Solo siguió bebiendo hasta que la cuenta nos hacía levantarnos. Pretendía en ese baile de falso cariño y falso interés hasta que ya eran las tres de la mañana y había que irse a lavar un poco la cara para llegar a la oficina con un poco de descanso.
Fueron días felices y días de mucha euforia. No me limitaba a ese bar ni a esa niña, pero en buena parte su presencia enmarca todo lo que quise sentir. Una falsa libertad y una cariñosa demostración de lo superficial que puede llegar a ser la felicidad. Y nunca pedí más, nunca necesité más hasta que un día me enteré que ya no trabajaba ahí. Me lo comentaron como si se tratara de un cambio cualquiera. Estrella se fue para el norte y seguramente no volverá por acá. Sentí que mis tripas se arrugaron. Para ese entonces éramos menos amigos pues algunos ya habían cambiado su residencia a otras ciudades.
Supe que se había terminado una etapa y de hecho ya nunca volví a ese lugar, salvo una ocasión que me preguntaron por dónde se ponía bien y me invitaron un trago a cambio de la información. El lugar seguía siendo encantador, pero su ausencia era insoportable.
Ayer me llamó al celular. Me dijo que estaba en la ciudad y que no tenía nada qué hacer. Nos quedamos de ver en el Chilis de Santa Catarina y de ahí nos fuimos a Saltillo. En el camino pude ver que los años habían pasado sobre ella de una forma demoledora, pero que su sonrisa seguía ahí. Entendí que no me correspondía preguntar sino solo dejar que las horas fluyeran a su propio ritmo. Cuando nos saludamos me besó en la boca y pretendió que el tiempo no había pasado. Sus bromas intentaron ser las mismas de antes, pero ya ninguna daba tanta risa. Preferí seguirle el juego a arriesgarme a que ésta fuera la última vez que la viera.
Por supuesto que las bebidas fueron whiskys con agua mineral, tal como siempre habían sido mientras pasábamos horas en ese bar. Me contó poco, pero me dijo que le estaba yendo bien en el norte. Había entrado a estudiar administración y ahora trabajaba en un salón de belleza. Siempre le habían gustado mucho los peinados y al parecer a eso se dedicaba ahora. Tiene dos hijos preciosos, me mostró algunas fotos en su celular. Me atreví a preguntarle qué la había hecho venir a la ciudad y me dijo que había extrañado los viejos tiempos. Asumí que esos viejos tiempos se referían al menos en parte a mí. Después me invitó a su hotel, se había hospedado en el Crowne Plaza de Constitución. Me impresionó saber que ahora podía darse esos lujos. Al parecer el padre de sus hijos estaba proporcionando una pensión muy generosa después de que se divorciaron. Ahí me di cuenta que no era el único vulnerable a su encanto.
Me recostó en la cama y comenzó a quitarse la ropa. Quise detenerla para decirle que no fuera tan rápido, que moría por escucharla más que por tenerla, pero no tuve el valor para decírselo. Mientras nos acurrucábamos en la cama me percaté de todo lo que me hacía sentir. El olor de su piel siempre había sido hipnotizador pero asumí que se trataba de un perfume. Ahora podía aspirarlo todo cuanto quisiera y sin ningún límite. No sé en qué momento le dije que se viniera a vivir conmigo. Intento capturar de nuevo su aroma y lo cálido de su piel, el roce de sus pies en mis piernas mientras tratábamos de fundirnos en una sola persona, su respiración que parecía desesperada por sentirse viva, su cabello sobre mi cara y sus ojos, esos ojos tan expresivos que no habían perdido su inocencia. No tomó a bien mi propuesta. Tal vez pensó que me burlaba, o simplemente le dio miedo.
Si tuviera que englobar su regreso, diría que me arrancó estos seis años que han pasado desde el día en que la conocí. Me hizo volver a los días en que todo era más sencillo, cuando no había más preocupación que perder las antialcohólicas y llegar a casa a tiempo para dormir un par de horas. No la amaba a ella pero ella representaba el sabor de la libertad.
Al salir de la habitación me dijo que sí, pero solo con una condición. Debía dejar de llamarla Estrella. Su nombre era Aída.
sábado, 21 de junio de 2014
martes, 29 de abril de 2014
al vivo nadie lo ve
Un hombre tuvo que morir para ser visto. Mientras vivió, todos lo hubieran podido ver pero para nadie resultaba interesante. Esa tarde pensó en tantas personas que se visten de fantasmas para ser observados. Cuántas de las personas que vemos en un día cualquiera en realidad están muertas con el ánimo de que les regalemos unos segundos de atención.
viernes, 7 de marzo de 2014
Las pistolas y la piedra
A mi abuelo paterno le volaron la cabeza en la cama de su
homicida. Estaba con la mujer de quien disparó, lo descubrieron antes de que
pudiera reaccionar. Mi padre entonces tenía catorce años. La muerte siempre
tiene formas espectaculares de llegar. Su vida cambió radicalmente esa noche
que le avisaron del disparo. Me imagino lo que pudo pasar por su mente. Primero
pudo ser un pinchazo en el estómago y algo de calor en las mejillas. Luego pensó
en lo que vendría y seguro se dio cuenta que sus oportunidades habían sufrido
una fuerte devaluación.
En 1987 mi padre ya estaba casado y con tres hijos. Yo tenía
cinco y comenzaba a descubrir la inutilidad de pasar horas sentado en un salón
con otros quince infantes igual que yo, escuchando a una señora que se afanaba
en darnos normas de vida a través de colores y plastilina. Mi hermana cumplía
siete y mi media hermana que nunca conocí ya debería estar cumpliendo ocho.
En uno de sus múltiples caminos al sur para comprar mariscos,
lloró. Maldijo su suerte. Se descubrió con treinta y cinco años y con una losa
encima de él. Mantener una familia sin apoyo de nadie más, y con su poco dinero
apostado a insular una Ford Econoline 1982. Se preguntarán qué es eso de
insular. Una vez me tocó verlo, cuando ya había comprado tres camionetas
iguales. Recuerdo que una de ellas tenía un alacrán dentro de una bola de
cristal que mi padre usaba como asidera de la palanca de cambios. Siempre tuve
miedo de que cobrara vida y le picara en la mano. El carro perdería control y
seguramente nos saldríamos de la carretera. Insular es llenar de una espuma
amarilla toda la parte trasera de la cabina, una que aísla las paredes, el
suelo y el techo. Sale de una manguera a alta presión y va llenando todo de color.
Mi tío abuelo Elmer dirigía la manguera hacia la camioneta y me dijo si yo
quería apuntar. La tomé y disparé la espuma. Es un buen recuerdo. Luego le
ponen una fibra de vidrio para hacer firme el suelo. El costo debió ser alto,
pero permitía que el marisco que se compra en el sur llegue congelado al norte.
Había que pasar primero a la hielera para llenar de nieve toda la cabina
trasera. También era una pistola la que arrojaba la nieve, pero ésa nunca la
usé.
Desde San Quintín hasta El Rosario hay cuatro horas de
camino en una carretera de un solo carril donde no hay nada más que desierto.
Ni siquiera una gasolinera que permita cargar el tanque. La gente nueva por la
península de Baja que no toma la precaución de llenar su tanque antes de
iniciar la travesía por el desierto pronto descubrirá su mala suerte o a los
proveedores clandestinos que mezclan la gasolina con etanol y la venden al doble
de precio. De noche este paso es un espectáculo de cielo estrellado, recortado
por las siluetas de cactos y rocas gigantes.
Mi padre ahí maldijo y lloró mientras avanzaba al sur. En
algún punto descargó su ira contra quien hubiera planeado que su vida fuera tan
dura y lo solo que se sentía. En algún punto entre la recta de ochocientos
metros y la siguiente curva, una roca entró a la atmósfera y se incendió. No
solo eso, sino que bajó hasta casi el nivel del suelo y comenzó a seguir a la
Ford Econoline 1982 durante varios kilómetros. Mi padre pudo ver esa roca
incandescente avanzar junto a él e iluminar todo el desierto. De pronto se hizo
de día por unos segundos. Luego la roca atravesó su campo de visión y chocó
contra el suelo, dejando una explosión ligera en el aire y una estela sobre el
horizonte.
Mi padre nunca habló de esto hasta un día que nos sentamos
en su oficina. Había una Don Pedro con un cuarto de su líquido y ya se había
terminado la Coca. Al final se rió, como siempre lo hace con lo que no entiende
o lo lastima. Dijo que qué pinche susto le había sacado la piedra esa y le dio
otro trago a su bebida.
Yo le pregunté si alguna vez pensó que había sido una
respuesta de su padre desde arriba. Me dijo que sí, para que dejara de andar de
llorón.
Lo acompañé varias veces al sur, pero nunca pude ver una
piedra incendiarse en la noche.
jueves, 13 de febrero de 2014
Ride
La señorita vendía cremas para el dolor y líquidos de
clorofila para sanar enfermedades cancerígenas y otras cosas peores. Es una
empresa de ésas de multinivel, me dijo mientras se acomodaba el borde de la
blusa y terminaba de sentarse en el asiento del copiloto. La combi que la iba a
llevar de vuelta a la ciudad la dejó porque se quedó comiendo con una señora a
la que le vino a vender unos cupones y se le fue el tiempo. No pasa nada, aquí
siempre pasan traileros y otros carros que me dan aventón. Casi nunca alcanzo a
la combi, pero eso sí, tengo que estar antes de las ocho en la oficina o me
multan.
El camino a Teocaltiche pasa por unas veredas que no tienen
pavimento. El ruido de las piedras golpeando las salpicaderas mantiene un ritmo
de realidad a la escena. Los atardeceres rojos de estas tierras podrían hacer
fotografías de cada momento. Me van a mandar a Morelia a abrir una oficina, me
acaban de nombrar asistente de gerente y si logro comprometer a veinte
personas, me van a hacer gerente y voy a tener una oficina para mí sola. La
cosa está en chambearle y no parar. El éxito es para los que quieren ir por él.
La gente compra ochenta por ciento por impulso y veinte por ciento por
necesidad, lo que tienes que lograr es enamorarlos para que te compren. Eso me
lo enseñaron en la convención que hubo la semana pasada en Guanajuato.
Estudié psicología y criminalista, es lo que me gusta. No
pude terminarla, pero ahora con las capacitaciones a las que asisto para seguir
subiendo en los niveles, estoy aprendiendo mucho. Yo creo que soy una gran
vendedora y puedo seguir subiendo mucho, la cosa está en echarle ganas.
Lo más que he durado en una relación son tres meses. Yo creo
que el problema está en enamorarse, es cariño y no amor lo que uno debe de
buscar. Por ejemplo, mi última relación fue con uno que quería ser soldado. Me
dijo que me quedara a cuidar a su mamá y él nos iba a mandar suficiente para vivir
bien. A los soldados les pagan muy bien, no para aventar para arriba, pero sí
para vivir con lo suficiente. Le dije que no, porque yo no quiero que luego me
estén reprochando que por ellos es que tengo lo que tengo. Yo quiero ser la que
traiga el dinero a la casa, y si algún día nos divorciamos, que ellos sean los
que me pidan dinero a mí para su pensión. Pensión se dice, ¿verdad? Dicen que
detrás de cada gran hombre hay una gran mujer, pero yo quiero que sea al revés,
quiero que los hombres estén detrás de mí y yo ser una gran mujer. Porque mira,
yo soy guapa e inteligente. A veces uno encuentra mujeres guapas, y a veces
mujeres inteligentes.
Pocas veces pueden encontrar que sean guapas e
inteligentes en el mismo cuerpo, ¿a poco no?
Solo por haberme dado ride, te vendo esta crema ultra belgue
a mitad de precio. Te va a servir para reumas, dolores musculares, estrés.
Mira, llévatela y luego me platicas como te sentiste ¿cuál es tu celular?
Te
marco en una semana y nos vamos a bailar con mis amigas. Me gusta ir a donde
hay música chola y pachuca. La cumbia también me gusta, a veces también la
sonora. La idea es relajarse, no estarse estresando más. Hay veces que uno se
encuentra con cada junior que termina yendo a esos lugares más a presumir que a
otra cosa. Yo les saco la vuelta.
jueves, 19 de diciembre de 2013
La primera regla en una cita es no lucir agradecido
Las relaciones plásticas tienen la
ventaja de no dejar rastros cuando se van. Se desechan y se mantiene la
armonía. Se pueden lavar fácilmente y no retienen olores. La fiesta para
solteros que se anunciaba afuera de mi departamento tenía ese appeal. “Ven a
conocer amigos o a tu próxima pareja. Todos los viernes, registro en 5553931080”.
Discreto, sobre una manta y con pintura roja de rótulo. El complejo de
departamentos que lo lucía era de los más viejos de la zona, buena parte de sus
habitantes eran mayores que ya habían enviudado y solo recibían de vez en
cuando la visita de sus hijos y nietos. Casi puedo apostar que habría más
perros y gatos viviendo en ese lugar que personas.
Lo había visto ahí colgado durante
semanas pero no llamó mi atención hasta esa tarde, justo después de colgar con
quien me dijo que las cosas no pasarían de una noche. Era su regla para no
encariñarse más, su manera de mantenerse libre de dolores innecesarios. Esa
noche no dormirás y no la olvidarás, pero no volverá a pasar. Me lo dijo con
tanta naturalidad que casi accedí.
Levanté el teléfono y marqué. Sonó tres,
cuatro veces y entró una grabadora. Había que dejar todos los datos y un
representante se pondría en contacto en algunas horas. De pronto sonaba más
profesional de lo que la manta aparentaba. Llamaron y respondí “Este viernes lo
tenemos lleno, las fechas navideñas hacen que tengamos más clientes que de
costumbre. Puedo acomodarte para el siguiente viernes, aunque tendrás que
llegar después de las nueve que se van algunos de los invitados.”
“Claro, no hay problema. Qué más tengo
que saber”.
“Necesitas contar un asunto privado ante
todos. Sabes, nosotros no cobramos por participar sino únicamente que accedan a
esto que ahora te digo”
“No cobran ¿Cómo se mantienen?”
“Donaciones, pero de eso te platicamos
después de la primera reunión. Por lo pronto ven a divertirte si es que estás
de acuerdo en lo que te estoy pidiendo ahora”
“¿Qué tan privado?”
“Ésa es una pregunta que no tiene sentido
que te la responda. La única persona que sabe el nivel de privacidad de lo que
comparte eres tú. Puedes contarnos una mentira y si eres suficientemente bueno
nunca lo sabremos”.
Ese viernes estuve tentado a visitar el
lugar, pero descubrí que la dirección no era la misma para las distintas
fechas. Ante el edificio que me indicó el enlace solo había un departamento
viejo, casi lucía abandonado. El Oxxo de la esquina tenía protecciones en sus
ventanas, un indicador de lo entretenidas que deben ser las noches aquí. Al
salir de ahí tuve esa sensación de estar siendo observado por más de un par de
ojos. El extraño que avanza por el campo de visión de quienes vigilan para
otros. Esos otros que normalmente no se revelan pero que hacen sentir su
presencia.
Durante la semana continué en mis
actividades rutinarias hasta que llegó el jueves. Esa noche no pude dormir
pensando en tantas tonterías, que podría escribir un diario de todo ello.
Durante un sueño me encontré con una mujer que bebía un coctel verde mientras
me miraba con indiferencia. Trataba de contarle de mi vida aburrida, diciéndole
lo hermosa que era y lo afortunado que me sentía de poder estar ahí. Primera
regla en una cita es no lucir agradecido. Las mujeres aprecian la audacia, los
hombres que son seguros de sí mismos, una persona que se dice afortunado por
estar con ella es alguien que manifiesta su inferioridad. Nada más patético.
Pero en el sueño no podía controlarlo. Era yo pero a la vez no. La mujer
desapareció y dio paso a una escena en un pasillo exterior. Muchas personas
recargadas sobre una barra que parecía interminable. Las similitudes con
películas que vi durante la adolescencia eran imposibles de ignorar. El fondo
de la barra en tonos que podrían mimetizarse con el caribe mexicano, los
vestidos coctel de las mujeres y la iluminación con antorchas clavadas en los
jardines. Malditos clichés.
Las personas iban y venían pero parecía
como si yo estuviera empotrado en el piso mientras el resto de la escena
desfilaba a mi alrededor. Una mujer, luego otra, luego una bebida de colores
que rebosaban la copa. Intentaba beberla pero parecía querer escapar de mí
antes de permitir ser ingerida. Las mujeres también mantenían una extraña
distancia que no podía ser desprecio sino una lucha por mantener su
independencia. Te permito estar, tocar un poco mi mirada pero tendrá que seguir
el desfile. En algún momento creí percatarme que las cosas finalmente estaban
dando vueltas, pues algunas de las mujeres ya no eran tan desconocidas. Eso, o
había descubierto patrones que las comenzaron a hacer predecibles. La risa
calculada, la mirada a sus piernas mientras yo intento abordarlas con mi mejor
speech. La sonrisa tiesa y el meñique a su ceja como pruebas de aburrimiento,
tan pronto vuelvo a poner atención a la mujer ya estoy en otro lugar de la
fiesta.
“Soy adicto al rivotril y puede que
pierda el sentido a la mitad de esta fiesta” ahora recuerdo vagamente haberlo dicho
justo antes de comenzar mi primer trago. Fue mi pase de bienvenida a la fiesta.
Ahora despierto en un cuarto oscuro, la boca seca y amarga.
Es el mismo departamento que vi la noche del viernes ¿o fue ayer? Salgo y me
encuentro el Oxxo. Ahí el encargado de la caja me indica que sí recuerda haber
escuchado una fiesta pero no puso mucha atención “aquí hay fiestas todos los
días, señor”.
La manta seguía ahí cuando volví a mi
departamento. Metí la mano a mi bolsillo y me encontré un cartón arrugado que
saqué y abrí. Era un número de teléfono y debajo el nombre “Ingrid”.
Inmediatamente lo rompí y tiré a la basura. No hay otra manera de mantenerse
libre de dolor.
miércoles, 27 de noviembre de 2013
Hoy es un día soleado.
El decreto vino por la mañana. Aún estaba desayunando cuando
se anunció por la radio oficial que el presidente Inmaduro había firmado
durante la madrugada una ordenanza que prohibía hacia el futuro el aumento del
nivel del mar, y para que no quedara duda, también firmó el decreto “que
establece las bases para un calentamiento global ordenado y a favor de las
clases populares”.
La reacción en Washington no se hizo esperar. En principio, el secretario de Estado Jerry declaró que no se daba por enterado de la situación, pues seguía sin demostrarse que existiera tal cosa como el calentamiento global “fue la campaña de Al Gone para ganar el premio Nóbel. Qué bueno que no se lo dieron al mentiroso ése”. En las Naciones Unidas no hubo reacción pues era martes de asueto. La comisión permanente del Congreso de los Establos Unidos Mexinacos fue a preguntarle a Enrique Pifias Neto qué es lo que podía declarar, pues no fuera a malinterpretarse una comunicación independiente del Congreso como un desafío al Pacto por México.
La ciudad de Maracaibo se salvó porque la protegió la masa continental, pero Caracas sufrió la peor embestida del mar del Este. El huracán Fidel vino y levantó grandes masas de agua sobre la ciudad costera y capital de Vendesuelas. Inmaduro decretó la prohibición antes mencionada y comenzó la persecución de los capitalistas salvajes que habían provocado semejante desastre. Los desastres nunca son naturales, seguro algo hicieron para que pasara lo que pasó. La policía secreta comenzó la investigación y apresó a Caprichi y a toda su horda de bandidos que osaron crear a la oposición que tanto daño le ha hecho a la república bolivariana. Después de largas horas de tortura, uno de los traidores a la patria confesó. Tomó mucha Coca Cola, compró dólares en el mercado negro y dejó abierta la llave de la regadera cuando se estaba enjabonando. La ordenanza que regula el calentamiento global establece claramente en su artículo veinticuatro que cualquiera de estas actividades será tomada como un abierto desafío a las autoridades populares de Vendesuelas, con el castigo correspondiente. Debe morir a pedradas en la plaza pública.
Aún recuerdo ese desayuno porque había olvidado separar la basura. El señor basurero actuó sin mucha sorpresa cuando levantó las bolsas del contenedor, pero recuerdo vagamente que anotó el número de la casa. Me apresuraba para hacer las maletas y huir del país cuando tocaron violentamente la puerta “¡señor Sardina! ¡señor Sardina, abra la puerta!”. Una descarga eléctrica recorrió mi espina dorsal. La voz de estos sinvergüenzas que amenazaban con derrumbar mi puerta se escuchaba demasiado cubana para ser verdad. Seguro eran de las brigadas médicas que mandó el señor Raúl desde la isla hace algunos años. Todos sabíamos que además de médicos eran espías, y en algunas ocasiones necesarias, eran los que desaparecían a los enemigos del sistema. Qué hacer, qué hacer. Volví al baño para ver si me había rasurado bien. No quería acumular más cargos si es que me atrapaban. Abrí la regadera para hacer creer a los de afuera que me bañaba y que eso retrasaba que les abriera, pero luego recordé el estúpido artículo veinticuatro.
No me quedaba mucho por hacer. Subí al techo y de ahí corrí entre las terrazas hasta la calle de atrás. La cuadrilla médica se percató y comenzaron a rodear la cuadra desde ambos extremos. Escuché gritos de vecinas alteradas que miraron a los hombres correr con jeringas y cubrebocas. Lo que menos quería era hacer un escándalo en la cuadra, pero ya no había mucho más.
Fue el perro del vecino el desagraciado que lo echó todo a perder. No ladró, eso hubiera sido demasiado común. Se quedó callado, mirándome ¿Cuándo han visto un perro que cierre la boca cuando lo tiene que hacer? Uno de los médicos vio al pastor alemán lamiéndose los bigotes mientras me miraba atento en el techo de su casa. Tal vez pensó que le lanzaría algo de comer. Traté de bajar sin hacer mucho ruido, pero ya me esperaban.
El juicio comenzó dos semanas después. Desistí de un abogado pues sabía que vendría uno de oficio que solo haría las cosas más complicadas. “Señor Sardina, los cargos que pesan sobre usted son impresionantes, hay hasta para condenar a cuatro seres humanos con los años que podríamos apresarlo. Sin embargo, usted sabe que el presidente Inmaduro es un hombre benevolente y que quiere a su pueblo. Está dispuesto a perdonarle todas sus faltas si tan solo acepta ser nuestro cuidador de cuadra. Sabe, los cubanos están prontos a volver a la isla, y necesitamos tener una red de ciudadanos comprometidos que hagan cumplir las nuevas ordenanzas del pueblo vendesuelano. Además de la que se decretó ayer para prohibir que vuelva a subir el nivel del mar, están las otras dos que prohíben el comercio y la explotación de nuestra gente. Los policías no se van a dar abasto, así que necesitamos que la propia gente cuide de sí misma. Queremos que usted sea uno de ellos. Sabe que el peligro es latente, pues la oposición se está armando para resistir. Caprichi está recibiendo apoyo secretamente desde Washinkston, algunos hablan de armas.”
Rechazar nunca fue una opción. Mi desayuno ahora lo paso más tranquilo. Mi nueva profesión me asegura un pago mensual que sale de las rentas petroleras. No debo hacer nada más que caminar por la cuadra y tomar nota en una libretita que me dieron en la oficina del juez. Apellidos, quieren tres o cuatro apellidos por mes y todo sigue tranquilo. El que anoto desaparece por la noche.
La ciudad se va recuperando del terrible ataque del huracán Fidel y los malditos infieles que lo planearon. El nivel del mar se ha mantenido bajo control igual que el tipo de cambio. La inflación sigue por los cielos, pero será cosa de encontrar quién lo sigue motivando a pesar de las ordenanzas que decreta Inmaduro.
Hoy por la mañana se anunció un día soleado. Las nubes que
veo por la ventana deben ser el problema que recientemente me he encontrado en
los ojos. Principios de cataratas, dijo la brigada médica que me visitó la
semana pasada, y que de paso se llevó la libretita del mes.
lunes, 11 de noviembre de 2013
Taxi Drives
Procuro mantenerme en silencio para evitar su invitación a compartir. Ese asiento solitario, moviéndose de un lado a otro. Yo no quiero saber tu vida y sin embargo me la compartes.
"Acabo de venir del aeropuerto. Tomé pasaje en la carretera. Eran dos ingenieros que estaban en la obra de la Nissan."
Pensé en decirle que la multa por tomar pasajeros en zonas federales es de doce mil pesos, pero eso sería abrir la conversación. Las preguntas incómodas, las sonrisas falsas, el desinterés disfrazado de empatía. Nuevamente mi silencio y una mirada perdida.
Mi problema no es platicar, sino descubrir que no se trata de saber sino de enseñar. Cada vez, el solitario conductor enseña lecciones mientras siquiera pone atención a las respuestas del cliente.
"Usted tiene cara de abogado"
"Soy profe, señor"
"¿Profe? ¿Y es feliz?" Antes de que le responda su monólogo ya despegó.
"A mi me toca ver jóvenes todo el tiempo. La mayoría se ve de lejos que no valen madre. Llegan crudos el lunes a su primera clase. Yo lo perdí todo por el alcohol. Era empresario, tenía familia, tenía amigos ¿sabe quién quedó cuando se acabó el dinero? Nadie. Tuve problemas hasta para mantener relaciones sexuales. El psicólogo me dijo que era por tanto tomar y por depresión. Conocí a una mujer espectacular a la que no pude hacerle nada. Nada joven. Nunca me funcionó. Era una mujerzota alta y deportista. Una diosa ¿sabe cuándo pude volver a tener relaciones? Una noche después de dos años de impotencia me soñé con una mujer hermosa pero sin cara. Por más que intentaba verla tenía velos en el rostro. La penetré, la hice mía completamente pero nunca le pude ver la cara. Después de ese día todo funciona bien. Le pedí perdón a mi exesposa, ahora ella no tiene pareja pero entendemos que ya no funcionará."
Le pago y le doy las gracias. El vuelo sale en una hora. El taxi se va, a lo lejos lo veo pararse en un puente y tomar otro cliente.
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