martes, 26 de agosto de 2014

libros libres

Soy coleccionista de libros con defectos: Si los cortan mal al momento de la impresión, si dejan una hoja con dobleces que no corresponden, si están mal atados o mal pegados. Si se les corrió la tinta o se manchó alguna de las hojas con los dedos de algún impresor descuidado. Mejor aún, si tienen faltas de ortografía y de sintaxis, error que se reproduce en cada una de sus quinientas o mil copias. Los errores finalmente le dan personalidad a un libro que aspira a ser una copia perfecta.

Los que normalmente tienen más errores de este tipo son los libros traducidos. Las expresiones de un idioma nunca embonan exactamente con el otro. Cada lenguaje es una llave abierta que, aunque lleve agua igual que todas las demás, la forma en que ésta se desparrama por el aire o al tocar el suelo es impredecible. Si el agua moja el papel o si su suerte corre sobre un piso de piedra, todo esto cambiará el producto final. Así los libros intentan reproducir las copias de agua de un idioma, pero nunca quedarán igual. Al editor más exacto se le pasan errores superficiales o tan escondidos que ni en la segunda edición se percatan. A veces he sospechado que no soy el único coleccionista de errores, y hay editores que deliberadamente dejan errores que luego ellos atesoran por saber la página y el párrafo exacto donde se exhiben.

No hay algo más libre que un libro que se ha expresado por encima de las normas de la reproducción y los protocolos de edición. Se atreve a decir por encima de sus cuatrocientos y tantos hermanos idénticos "yo creo que esta parte de mi esencia quedaría mejor con esta mancha".

sábado, 12 de julio de 2014

Atar bolsas de pan

Estoy pensando en mi trabajo ideal. Ya he llegado a dos finalistas: el que le pone el alambrito al pan bimbo o quien maneja el tren que pasea niños en la plaza del centro. He estado mirando a la mujer que maneja este tractor y parece ida, como si su existencia se drenara junto con el combustible que usa para dar vueltas alrededor del templo. 

Vueltas, como también daría al alambre alrededor de la bolsa una vez que ha quedado dentro el pan. 

Pensaría que de esa forma mis turnos acabarían más pronto y podría finalmente poderme dedicar a mi sueño. 

No puedo decir que este sueño sería justo si me lo pagaran. Por eso necesito algo que se vuelva tan monótono como sea posible. Sólo así podré disfrutar cuando paso mis horas nocturnas haciendo lo que mejor sé hacer. 

Retengo el aliento, cierro los ojos, te imagino como la última vez que te vi y comienzo a describirte. Lo anoto en una pequeña libreta que guardo junto a mi cama. Sólo así puedo soñar y no olvidar ningún detalle. 

sábado, 21 de junio de 2014

Aída

Toda la vida he inventado que me gusta el whisky puro, pero la verdad no soporto su sabor. Debo esconderlo con agua mineral y en ocasiones incluso con algo de coca. Es más un recuerdo que un gusto. Es transporte directo a esos días cuando por primera vez ganaba suficiente para poder pagar las cuentas de mis amigos e incluso las copas de compañía para esas bellas damas que rondaban ese bar que nos gustaba tanto ir. La cerveza ya era muestra de una vida que habíamos superado. Fueron apenas un par de años, pero fueron años que le dieron un significado nuevo a mi vida social.

Estaba comprometido, pero eso poco me importó. De hecho, unos meses después mandé todo al diablo ante las oportunidades que venían. Mientras la soledad hundía mi casa, la calle se volvió un espacio lleno de colores. En una ocasión de esas conocí a Estrella, una niña que parecía salida de una película. Apenas en sus primeros veintes, rubia y con una sonrisa que a cualquiera le podía arrancar el peor día de su vida en el primer segundo que se le tenía enfrente. Alta y con un sentido del humor increíble. Era perfecta para el trabajo que desempeñaba, pues la mayoría de las chicas eran guapas pero sin ese encanto.

Regresábamos cada jueves o cada vez que se daba la oportunidad. Los pretextos que teníamos que dar se volvían cada vez más huecos. Los estados de cuenta eran cada vez más abultados y difíciles de esconder. La paciencia terminó y pronto no era el único soltero. Eso detonó la época de mayor cantidad de visitas. Estrella y sus amigas estaban ahí y tan pronto llegábamos se arremolinaban en nuestra mesa. No era por cariño, sino que éramos sus mejores clientes. No nos importaba mientras pudiéramos pasarla bien.

La primera vez que le pregunté qué era lo que la hacía hacer lo que hacía se molestó y se levantó. No quiso saber de mí en varias visitas. Había cruzado una línea. No éramos amigos, no éramos confidentes, no era nadie en su vida como para hacerle preguntas que estuvieran fuera del script. Tardé en entenderlo, pero pronto volvió. Fría e indiferente, sabedora de haber ganado una batalla y poseída por esa arrogancia que ahora me escupía por haberle pedido que viniera a pesar de su rechazo. Un día la hice venir desde su casa y llegó tan encantadora como siempre. Fue la noche que más gasté.

No me malentiendan. No le pedía nada más que su compañía. Era una copa tras otra sin más intención que poderla contemplar y beberme su sonrisa. Pensé que eso cruzaría el círculo de indiferencia pero eso no sucedía. Solo siguió bebiendo hasta que la cuenta nos hacía levantarnos. Pretendía en ese baile de falso cariño y falso interés hasta que ya eran las tres de la mañana y había que irse a lavar un poco la cara para llegar a la oficina con un poco de descanso.

Fueron días felices y días de mucha euforia. No me limitaba a ese bar ni a esa niña, pero en buena parte su presencia enmarca todo lo que quise sentir. Una falsa libertad y una cariñosa demostración de lo superficial que puede llegar a ser la felicidad. Y nunca pedí más, nunca necesité más hasta que un día me enteré que ya no trabajaba ahí. Me lo comentaron como si se tratara de un cambio cualquiera. Estrella se fue para el norte y seguramente no volverá por acá. Sentí que mis tripas se arrugaron. Para ese entonces éramos menos amigos pues algunos ya habían cambiado su residencia a otras ciudades.

Supe que se había terminado una etapa y de hecho ya nunca volví a ese lugar, salvo una ocasión que me preguntaron por dónde se ponía bien y me invitaron un trago a cambio de la información. El lugar seguía siendo encantador, pero su ausencia era insoportable.

Ayer me llamó al celular. Me dijo que estaba en la ciudad y que no tenía nada qué hacer. Nos quedamos de ver en el Chilis de Santa Catarina y de ahí nos fuimos a Saltillo. En el camino pude ver que los años habían pasado sobre ella de una forma demoledora, pero que su sonrisa seguía ahí. Entendí que no me correspondía preguntar sino solo dejar que las horas fluyeran a su propio ritmo. Cuando nos saludamos me besó en la boca y pretendió que el tiempo no había pasado. Sus bromas intentaron ser las mismas de antes, pero ya ninguna daba tanta risa. Preferí seguirle el juego a arriesgarme a que ésta fuera la última vez que la viera.

Por supuesto que las bebidas fueron whiskys con agua mineral, tal como siempre habían sido mientras pasábamos horas en ese bar. Me contó poco, pero me dijo que le estaba yendo bien en el norte. Había entrado a estudiar administración y ahora trabajaba en un salón de belleza. Siempre le habían gustado mucho los peinados y al parecer a eso se dedicaba ahora. Tiene dos hijos preciosos, me mostró algunas fotos en su celular. Me atreví a preguntarle qué la había hecho venir a la ciudad y me dijo que había extrañado los viejos tiempos. Asumí que esos viejos tiempos se referían al menos en parte a mí. Después me invitó a su hotel, se había hospedado en el Crowne Plaza de Constitución. Me impresionó saber que ahora podía darse esos lujos. Al parecer el padre de sus hijos estaba proporcionando una pensión muy generosa después de que se divorciaron. Ahí me di cuenta que no era el único vulnerable a su encanto.

Me recostó en la cama y comenzó a quitarse la ropa. Quise detenerla para decirle que no fuera tan rápido, que moría por escucharla más que por tenerla, pero no tuve el valor para decírselo. Mientras nos acurrucábamos en la cama me percaté de todo lo que me hacía sentir. El olor de su piel siempre había sido hipnotizador pero asumí que se trataba de un perfume. Ahora podía aspirarlo todo cuanto quisiera y sin ningún límite. No sé en qué momento le dije que se viniera a vivir conmigo. Intento capturar de nuevo su aroma y lo cálido de su piel, el roce de sus pies en mis piernas mientras tratábamos de fundirnos en una sola persona, su respiración que parecía desesperada por sentirse viva, su cabello sobre mi cara y sus ojos, esos ojos tan expresivos que no habían perdido su inocencia. No tomó a bien mi propuesta. Tal vez pensó que me burlaba, o simplemente le dio miedo.

Si tuviera que englobar su regreso, diría que me arrancó estos seis años que han pasado desde el día en que la conocí. Me hizo volver a los días en que todo era más sencillo, cuando no había más preocupación que perder las antialcohólicas y llegar a casa a tiempo para dormir un par de horas. No la amaba a ella pero ella representaba el sabor de la libertad.

Al salir de la habitación me dijo que sí, pero solo con una condición. Debía dejar de llamarla Estrella. Su nombre era Aída.

martes, 29 de abril de 2014

al vivo nadie lo ve

Un hombre tuvo que morir para ser visto. Mientras vivió, todos lo hubieran podido ver pero para nadie resultaba interesante. Esa tarde pensó en tantas personas que se visten de fantasmas para ser observados. Cuántas de las personas que vemos en un día cualquiera en realidad están muertas con el ánimo de que les regalemos unos segundos de atención.

viernes, 7 de marzo de 2014

Las pistolas y la piedra

A mi abuelo paterno le volaron la cabeza en la cama de su homicida. Estaba con la mujer de quien disparó, lo descubrieron antes de que pudiera reaccionar. Mi padre entonces tenía catorce años. La muerte siempre tiene formas espectaculares de llegar. Su vida cambió radicalmente esa noche que le avisaron del disparo. Me imagino lo que pudo pasar por su mente. Primero pudo ser un pinchazo en el estómago y algo de calor en las mejillas. Luego pensó en lo que vendría y seguro se dio cuenta que sus oportunidades habían sufrido una fuerte devaluación.

En 1987 mi padre ya estaba casado y con tres hijos. Yo tenía cinco y comenzaba a descubrir la inutilidad de pasar horas sentado en un salón con otros quince infantes igual que yo, escuchando a una señora que se afanaba en darnos normas de vida a través de colores y plastilina. Mi hermana cumplía siete y mi media hermana que nunca conocí ya debería estar cumpliendo ocho.

En uno de sus múltiples caminos al sur para comprar mariscos, lloró. Maldijo su suerte. Se descubrió con treinta y cinco años y con una losa encima de él. Mantener una familia sin apoyo de nadie más, y con su poco dinero apostado a insular una Ford Econoline 1982. Se preguntarán qué es eso de insular. Una vez me tocó verlo, cuando ya había comprado tres camionetas iguales. Recuerdo que una de ellas tenía un alacrán dentro de una bola de cristal que mi padre usaba como asidera de la palanca de cambios. Siempre tuve miedo de que cobrara vida y le picara en la mano. El carro perdería control y seguramente nos saldríamos de la carretera. Insular es llenar de una espuma amarilla toda la parte trasera de la cabina, una que aísla las paredes, el suelo y el techo. Sale de una manguera a alta presión y va llenando todo de color. Mi tío abuelo Elmer dirigía la manguera hacia la camioneta y me dijo si yo quería apuntar. La tomé y disparé la espuma. Es un buen recuerdo. Luego le ponen una fibra de vidrio para hacer firme el suelo. El costo debió ser alto, pero permitía que el marisco que se compra en el sur llegue congelado al norte. Había que pasar primero a la hielera para llenar de nieve toda la cabina trasera. También era una pistola la que arrojaba la nieve, pero ésa nunca la usé.

Desde San Quintín hasta El Rosario hay cuatro horas de camino en una carretera de un solo carril donde no hay nada más que desierto. Ni siquiera una gasolinera que permita cargar el tanque. La gente nueva por la península de Baja que no toma la precaución de llenar su tanque antes de iniciar la travesía por el desierto pronto descubrirá su mala suerte o a los proveedores clandestinos que mezclan la gasolina con etanol y la venden al doble de precio. De noche este paso es un espectáculo de cielo estrellado, recortado por las siluetas de cactos y rocas gigantes.

Mi padre ahí maldijo y lloró mientras avanzaba al sur. En algún punto descargó su ira contra quien hubiera planeado que su vida fuera tan dura y lo solo que se sentía. En algún punto entre la recta de ochocientos metros y la siguiente curva, una roca entró a la atmósfera y se incendió. No solo eso, sino que bajó hasta casi el nivel del suelo y comenzó a seguir a la Ford Econoline 1982 durante varios kilómetros. Mi padre pudo ver esa roca incandescente avanzar junto a él e iluminar todo el desierto. De pronto se hizo de día por unos segundos. Luego la roca atravesó su campo de visión y chocó contra el suelo, dejando una explosión ligera en el aire y una estela sobre el horizonte.

Mi padre nunca habló de esto hasta un día que nos sentamos en su oficina. Había una Don Pedro con un cuarto de su líquido y ya se había terminado la Coca. Al final se rió, como siempre lo hace con lo que no entiende o lo lastima. Dijo que qué pinche susto le había sacado la piedra esa y le dio otro trago a su bebida. 

Yo le pregunté si alguna vez pensó que había sido una respuesta de su padre desde arriba. Me dijo que sí, para que dejara de andar de llorón.


Lo acompañé varias veces al sur, pero nunca pude ver una piedra incendiarse en la noche. 

jueves, 13 de febrero de 2014

Ride

La señorita vendía cremas para el dolor y líquidos de clorofila para sanar enfermedades cancerígenas y otras cosas peores. Es una empresa de ésas de multinivel, me dijo mientras se acomodaba el borde de la blusa y terminaba de sentarse en el asiento del copiloto. La combi que la iba a llevar de vuelta a la ciudad la dejó porque se quedó comiendo con una señora a la que le vino a vender unos cupones y se le fue el tiempo. No pasa nada, aquí siempre pasan traileros y otros carros que me dan aventón. Casi nunca alcanzo a la combi, pero eso sí, tengo que estar antes de las ocho en la oficina o me multan.

El camino a Teocaltiche pasa por unas veredas que no tienen pavimento. El ruido de las piedras golpeando las salpicaderas mantiene un ritmo de realidad a la escena. Los atardeceres rojos de estas tierras podrían hacer fotografías de cada momento. Me van a mandar a Morelia a abrir una oficina, me acaban de nombrar asistente de gerente y si logro comprometer a veinte personas, me van a hacer gerente y voy a tener una oficina para mí sola. La cosa está en chambearle y no parar. El éxito es para los que quieren ir por él. La gente compra ochenta por ciento por impulso y veinte por ciento por necesidad, lo que tienes que lograr es enamorarlos para que te compren. Eso me lo enseñaron en la convención que hubo la semana pasada en Guanajuato.

Estudié psicología y criminalista, es lo que me gusta. No pude terminarla, pero ahora con las capacitaciones a las que asisto para seguir subiendo en los niveles, estoy aprendiendo mucho. Yo creo que soy una gran vendedora y puedo seguir subiendo mucho, la cosa está en echarle ganas.

Lo más que he durado en una relación son tres meses. Yo creo que el problema está en enamorarse, es cariño y no amor lo que uno debe de buscar. Por ejemplo, mi última relación fue con uno que quería ser soldado. Me dijo que me quedara a cuidar a su mamá y él nos iba a mandar suficiente para vivir bien. A los soldados les pagan muy bien, no para aventar para arriba, pero sí para vivir con lo suficiente. Le dije que no, porque yo no quiero que luego me estén reprochando que por ellos es que tengo lo que tengo. Yo quiero ser la que traiga el dinero a la casa, y si algún día nos divorciamos, que ellos sean los que me pidan dinero a mí para su pensión. Pensión se dice, ¿verdad? Dicen que detrás de cada gran hombre hay una gran mujer, pero yo quiero que sea al revés, quiero que los hombres estén detrás de mí y yo ser una gran mujer. Porque mira, yo soy guapa e inteligente. A veces uno encuentra mujeres guapas, y a veces mujeres inteligentes. 

Pocas veces pueden encontrar que sean guapas e inteligentes en el mismo cuerpo, ¿a poco no?

Solo por haberme dado ride, te vendo esta crema ultra belgue a mitad de precio. Te va a servir para reumas, dolores musculares, estrés. Mira, llévatela y luego me platicas como te sentiste ¿cuál es tu celular? 
Te marco en una semana y nos vamos a bailar con mis amigas. Me gusta ir a donde hay música chola y pachuca. La cumbia también me gusta, a veces también la sonora. La idea es relajarse, no estarse estresando más. Hay veces que uno se encuentra con cada junior que termina yendo a esos lugares más a presumir que a otra cosa. Yo les saco la vuelta. 

jueves, 19 de diciembre de 2013

La primera regla en una cita es no lucir agradecido

Las relaciones plásticas tienen la ventaja de no dejar rastros cuando se van. Se desechan y se mantiene la armonía. Se pueden lavar fácilmente y no retienen olores. La fiesta para solteros que se anunciaba afuera de mi departamento tenía ese appeal. “Ven a conocer amigos o a tu próxima pareja. Todos los viernes, registro en 5553931080”. Discreto, sobre una manta y con pintura roja de rótulo. El complejo de departamentos que lo lucía era de los más viejos de la zona, buena parte de sus habitantes eran mayores que ya habían enviudado y solo recibían de vez en cuando la visita de sus hijos y nietos. Casi puedo apostar que habría más perros y gatos viviendo en ese lugar que personas.

Lo había visto ahí colgado durante semanas pero no llamó mi atención hasta esa tarde, justo después de colgar con quien me dijo que las cosas no pasarían de una noche. Era su regla para no encariñarse más, su manera de mantenerse libre de dolores innecesarios. Esa noche no dormirás y no la olvidarás, pero no volverá a pasar. Me lo dijo con tanta naturalidad que casi accedí.

Levanté el teléfono y marqué. Sonó tres, cuatro veces y entró una grabadora. Había que dejar todos los datos y un representante se pondría en contacto en algunas horas. De pronto sonaba más profesional de lo que la manta aparentaba. Llamaron y respondí “Este viernes lo tenemos lleno, las fechas navideñas hacen que tengamos más clientes que de costumbre. Puedo acomodarte para el siguiente viernes, aunque tendrás que llegar después de las nueve que se van algunos de los invitados.”

“Claro, no hay problema. Qué más tengo que saber”.

“Necesitas contar un asunto privado ante todos. Sabes, nosotros no cobramos por participar sino únicamente que accedan a esto que ahora te digo”

“No cobran ¿Cómo se mantienen?”

“Donaciones, pero de eso te platicamos después de la primera reunión. Por lo pronto ven a divertirte si es que estás de acuerdo en lo que te estoy pidiendo ahora”

“¿Qué tan privado?”

“Ésa es una pregunta que no tiene sentido que te la responda. La única persona que sabe el nivel de privacidad de lo que comparte eres tú. Puedes contarnos una mentira y si eres suficientemente bueno nunca lo sabremos”.

Ese viernes estuve tentado a visitar el lugar, pero descubrí que la dirección no era la misma para las distintas fechas. Ante el edificio que me indicó el enlace solo había un departamento viejo, casi lucía abandonado. El Oxxo de la esquina tenía protecciones en sus ventanas, un indicador de lo entretenidas que deben ser las noches aquí. Al salir de ahí tuve esa sensación de estar siendo observado por más de un par de ojos. El extraño que avanza por el campo de visión de quienes vigilan para otros. Esos otros que normalmente no se revelan pero que hacen sentir su presencia.

Durante la semana continué en mis actividades rutinarias hasta que llegó el jueves. Esa noche no pude dormir pensando en tantas tonterías, que podría escribir un diario de todo ello. Durante un sueño me encontré con una mujer que bebía un coctel verde mientras me miraba con indiferencia. Trataba de contarle de mi vida aburrida, diciéndole lo hermosa que era y lo afortunado que me sentía de poder estar ahí. Primera regla en una cita es no lucir agradecido. Las mujeres aprecian la audacia, los hombres que son seguros de sí mismos, una persona que se dice afortunado por estar con ella es alguien que manifiesta su inferioridad. Nada más patético. Pero en el sueño no podía controlarlo. Era yo pero a la vez no. La mujer desapareció y dio paso a una escena en un pasillo exterior. Muchas personas recargadas sobre una barra que parecía interminable. Las similitudes con películas que vi durante la adolescencia eran imposibles de ignorar. El fondo de la barra en tonos que podrían mimetizarse con el caribe mexicano, los vestidos coctel de las mujeres y la iluminación con antorchas clavadas en los jardines. Malditos clichés.

Las personas iban y venían pero parecía como si yo estuviera empotrado en el piso mientras el resto de la escena desfilaba a mi alrededor. Una mujer, luego otra, luego una bebida de colores que rebosaban la copa. Intentaba beberla pero parecía querer escapar de mí antes de permitir ser ingerida. Las mujeres también mantenían una extraña distancia que no podía ser desprecio sino una lucha por mantener su independencia. Te permito estar, tocar un poco mi mirada pero tendrá que seguir el desfile. En algún momento creí percatarme que las cosas finalmente estaban dando vueltas, pues algunas de las mujeres ya no eran tan desconocidas. Eso, o había descubierto patrones que las comenzaron a hacer predecibles. La risa calculada, la mirada a sus piernas mientras yo intento abordarlas con mi mejor speech. La sonrisa tiesa y el meñique a su ceja como pruebas de aburrimiento, tan pronto vuelvo a poner atención a la mujer ya estoy en otro lugar de la fiesta.

“Soy adicto al rivotril y puede que pierda el sentido a la mitad de esta fiesta” ahora recuerdo vagamente haberlo dicho justo antes de comenzar mi primer trago. Fue mi pase de bienvenida a la fiesta. Ahora despierto en un cuarto oscuro, la boca seca y amarga. Es el mismo departamento que vi la noche del viernes ¿o fue ayer? Salgo y me encuentro el Oxxo. Ahí el encargado de la caja me indica que sí recuerda haber escuchado una fiesta pero no puso mucha atención “aquí hay fiestas todos los días, señor”.


La manta seguía ahí cuando volví a mi departamento. Metí la mano a mi bolsillo y me encontré un cartón arrugado que saqué y abrí. Era un número de teléfono y debajo el nombre “Ingrid”. Inmediatamente lo rompí y tiré a la basura. No hay otra manera de mantenerse libre de dolor.