sábado, 25 de abril de 2015
Luciérnagas
Fui a la sierra de las luciérnagas a buscarme. Pienso en la noche cuando los perros nos acompañaron en el porche, y el silencio mezclado con grillos se volvió la mejor música. Una sinfonía esperando a que llegara. El olor a leña, la quieta calma. Quiero volver, solo para mirarme a través tuyo. Gracias.
domingo, 5 de abril de 2015
miércoles, 1 de abril de 2015
lo he descubierto
Tardé en notarlo, mucho más en anotarlo: tú eres mi bromazepam. Por eso me refugio en ti, por eso eres irremplazable aunque insistas en sentirte ajena, ausente. Cada vez que te irritas y revientas todo, solo logras adherirme más al efecto que me causas.
miércoles, 18 de marzo de 2015
corte vertical
Me corté la muñeca por accidente mientras intentaba abrir un
paquete que me llegó por correspondencia. Tomé unas tijeras grandes y las abrí
para poder usar una de las cuchillas como cortador, mi fuerza falló y la hoja
se fue directo sobre mi antebrazo. La cortada fue vertical, desde la base de la
mano hasta poco antes de la mitad del brazo. Luego me enteré que ésa es la
forma correcta de cortar las venas si es que buscas un suicidio efectivo. El
corte transversal que ha puesto de moda la industria cinematográfica
simplemente no logra que te desangres con suficiente velocidad, y normalmente
terminas con una estúpida cicatriz y muchas explicaciones qué dar.
La verdad es que el corte vertical tampoco me ahorró las explicaciones.
La herida no fue tan profunda como para dañar mis venas y provocar una
hemorragia imposible de detener, más bien fue una cortada escandalosa y difícil
de ocultar. Primero la porté con vergüenza y temor de generar percepciones
equivocadas sobre el valor que le daba a mi vida. Las miradas irremediablemente
iban a mi muñeca, aunque intentaba usar mangas largas y desviar la atención de
ese punto de mi cuerpo. Normalmente fallaba, pues la herida era suficientemente
profunda en la base de la mano como para hacer que los ojos imaginaran el resto
del surco. En algún momento pensé en maquillaje, pero luego lo descarté por lo
idiota del tema. No tenía nada qué sufrir, había sido un mero accidente. El
estigma social era más profundo que la misma herida, y yo no hacía más que
fortalecer ese motor.
La herida comenzó a tomar un tono marrón y se mimetizó con
mi piel. Las mangas largas dejaron de ser un requisito, y las miradas cada vez
eran menos presentes en ese punto de mi cuerpo. Poco a poco dejé de poner
atención al tema hasta que tuve ese sueño que todos dicen haber tenido alguna
vez en su vida. No tengo necesidad de explicárselos, pues si no lo han vivido,
pronto lo tendrán. Ese sueño cambió todo. Mi vergüenza se volvió orgullo. Mi
temor por ser señalado se convirtió en un estandarte de la máxima libertad a la
que un ser humano puede aspirar. Quitarse la vida es una declaración política
de la máxima propiedad y de la máxima hazaña. No perdí oportunidad para pintar
ligeramente la cicatriz de un tono más rojizo. Después fue un cuchillo, con el
que hacía pequeñas marcas para reavivar la herida en algunos puntos. No quería
hacerla lucir como una nueva herida, sino simplemente resaltar un tatuaje que
manifestaba mi voluntad absoluta.
El sueño se repitió y decidí romper la piel. La sangre
fluyó, mientras miraba los dibujos que se hacían sobre mi piel. Nada grave, no
pensaba quitarme la vida. La exclusividad de mi cuerpo se volvió un escándalo
entre mis amigos, pero mi perspectiva se había transformado. No tuve que explicar,
solo dejar que sus miradas supusieran lo que para ellos era lo peor. La piel
eventualmente se cerró y yo dejé de pensar en el asunto nuevamente.
Anoche la herida se abrió y me habló. Eso de que mi voluntad
era absoluta al momento de decidir quitarme la vida la hizo reír. En todo
momento fue su acto y no mi voluntad la que la mantuvo viva y creciendo. Más
allá de la herida física, fue en la mente donde siguió creciendo hasta un
tamaño que ya era insoportable. Me recordó que fue ella quien me hizo abrir la
caja con una tijera, y fue su decisión que la hoja atravesara mi piel. Desperté
solo para descubrir mis sábanas con sangre. Vi que había sido mi mano la que
reabrió la herida, pues mis dedos de la mano izquierda tenían huellas de
haberlo hecho. Fui a mirarme al espejo y descubrí lo pequeño que era frente a
todo. La libertad del ser solo se concibe en contraposición con la construcción
que tengan los demás. Si mi herida cobró vida fue solo por haberme engañado
creyendo que podía crear sin el consentimiento del resto. Me transformé para
volverme lo mismo.
domingo, 15 de febrero de 2015
el bautizo
Es el día del bautizo, pero el templo no abre aún sus puertas. La familia espera en el atrio, decenas de mujeres y hombres en sus mejores galas. Una de ellas carga al bebé que será recibido en el rebaño del Señor por primera vez. La familia luce animada, pero a la vez desesperada por la tardanza. Debe haber una celebración esperando. Yo no lo sé, pues solo observo a lo lejos.
El viento arrecia y los puestos afuera del templo se sacuden, junto con sus lonas y los globos que cargan algunos vendedores que intentan su primera venta del día. Los niños corren pero ignoran todo lo que sucede fuera de su juego. Dos policías montados en bicicleta saludan al viejo que se sienta en el muro del jardín de San Marcos, el mismo que observa toda la escena desde una distancia prudente. Sabe que algo va a pasar (¿lo sabe?, mi impresión es que sus ojos no muestran sorpresa ante el aire, pero tampoco indiferencia, parece más una pausa, un momento en que la inhalación no se vuelve exhalación).
Algunos de los globos y papalotes comienzan a tomar vida, son sacudidos violentamente hasta que es evidente que los mueve más la voluntad que el aire.
Las personas siguen caminando afuera del templo, indiferentes ante las manifestaciones del poder reinante. Caminan y comen desinteresados de cuándo les toca a ellos caer. La operación aritmética es muy simple: si el viento cobra vida, alguien debe pagar con la suya. La energía no hace más que fluir de un cuerpo a otro. Todos somos cadáveres en espera de devolver lo que nos fue dado.
Las palomas parecen saberlo también. Lucen inquietas, intentando sortear la afrenta, volando de un árbol a otro, mientras esta ánima despierta de su sueño.
Me siento a observarte desde un ángulo donde el aire me trae el aroma dulce de tu perfume. No sé cuándo hayas decidido comprar esa esencia, pero desde entonces no puedo dejar de seguirte. Creo que ni siquiera te percatas de mi presencia. Así me gusta más, sin tener que explicarte por qué te sigo.
Si tan solo pudiera romper mi juramento y buscarte para tenerte a mi lado. Ni siquiera sé si algún día te acordarás que alguna vez nos amamos. Fue hace tan poco tiempo, pero al parecer lograste arrancarme de tu vida con completa facilidad. Hoy solo te sigo a la distancia, seguro de que has logrado programar tu vista para que no me registre, para cubrirme de niebla para así hacer que tu panorama ni siquiera reaccione ante este cuaderno que va siguiendo tus pasos y anotándolo todo con desesperación.
Te miro y anoto, seguro de que si lo relato distinto, tal vez pueda cambiar también el recuerdo. Intento seguir el cauce imposible de tu cabello, seguro de que ahí podré encontrar las palabras que tu boca ahora no quieren decirme.
Cuando abren las puertas del templo, las personas que entran ya no lucen como las que yo había observado. El viejo lo sabía y supo mantenerse a suficiente distancia.
El viento arrecia y los puestos afuera del templo se sacuden, junto con sus lonas y los globos que cargan algunos vendedores que intentan su primera venta del día. Los niños corren pero ignoran todo lo que sucede fuera de su juego. Dos policías montados en bicicleta saludan al viejo que se sienta en el muro del jardín de San Marcos, el mismo que observa toda la escena desde una distancia prudente. Sabe que algo va a pasar (¿lo sabe?, mi impresión es que sus ojos no muestran sorpresa ante el aire, pero tampoco indiferencia, parece más una pausa, un momento en que la inhalación no se vuelve exhalación).
Algunos de los globos y papalotes comienzan a tomar vida, son sacudidos violentamente hasta que es evidente que los mueve más la voluntad que el aire.
Las personas siguen caminando afuera del templo, indiferentes ante las manifestaciones del poder reinante. Caminan y comen desinteresados de cuándo les toca a ellos caer. La operación aritmética es muy simple: si el viento cobra vida, alguien debe pagar con la suya. La energía no hace más que fluir de un cuerpo a otro. Todos somos cadáveres en espera de devolver lo que nos fue dado.
Las palomas parecen saberlo también. Lucen inquietas, intentando sortear la afrenta, volando de un árbol a otro, mientras esta ánima despierta de su sueño.
Me siento a observarte desde un ángulo donde el aire me trae el aroma dulce de tu perfume. No sé cuándo hayas decidido comprar esa esencia, pero desde entonces no puedo dejar de seguirte. Creo que ni siquiera te percatas de mi presencia. Así me gusta más, sin tener que explicarte por qué te sigo.
Si tan solo pudiera romper mi juramento y buscarte para tenerte a mi lado. Ni siquiera sé si algún día te acordarás que alguna vez nos amamos. Fue hace tan poco tiempo, pero al parecer lograste arrancarme de tu vida con completa facilidad. Hoy solo te sigo a la distancia, seguro de que has logrado programar tu vista para que no me registre, para cubrirme de niebla para así hacer que tu panorama ni siquiera reaccione ante este cuaderno que va siguiendo tus pasos y anotándolo todo con desesperación.
Te miro y anoto, seguro de que si lo relato distinto, tal vez pueda cambiar también el recuerdo. Intento seguir el cauce imposible de tu cabello, seguro de que ahí podré encontrar las palabras que tu boca ahora no quieren decirme.
Cuando abren las puertas del templo, las personas que entran ya no lucen como las que yo había observado. El viejo lo sabía y supo mantenerse a suficiente distancia.
martes, 20 de enero de 2015
enfriamiento.
El landscape del sueño era extraño de por sí. Brillaba, tenía música de producción como si se tratara de una película de alto presupuesto, incluso podía ver a los violinistas marcando los tonos más sensibles de cada escena. No los veía pero sabía que ahí estaban, en ese extraño juego de los sueños por dar tantas cosas por sentado.
Llegaba con mi amiga a la gran mesa donde estaban sentados los miembros de la camarilla. Viejos y jóvenes, incluso viejos conocidos que le daban un aire de confianza a la escena.
El reto era congelar a mi amiga. Debía pasar al menos un año ahí hibernando entre los intelectuales más importantes de su época para poder subir. Yo debía conformarme a esperar, pues mi piel no tenía la capacidad para soportar el frío.
Vine un año después y la mansión lucía desolada. Todo el frío permanecía, pero los muebles estaban quebrados, sin vida. De las personas no encontré ni rastro, salvo la destrucción que dejaron antes de partir.
Los cajones de enfriamiento estaban vacíos, de mi amiga no quedó nada.
Desperté antes de entender qué hacía yo ahí.
Llegaba con mi amiga a la gran mesa donde estaban sentados los miembros de la camarilla. Viejos y jóvenes, incluso viejos conocidos que le daban un aire de confianza a la escena.
El reto era congelar a mi amiga. Debía pasar al menos un año ahí hibernando entre los intelectuales más importantes de su época para poder subir. Yo debía conformarme a esperar, pues mi piel no tenía la capacidad para soportar el frío.
Vine un año después y la mansión lucía desolada. Todo el frío permanecía, pero los muebles estaban quebrados, sin vida. De las personas no encontré ni rastro, salvo la destrucción que dejaron antes de partir.
Los cajones de enfriamiento estaban vacíos, de mi amiga no quedó nada.
Desperté antes de entender qué hacía yo ahí.
sábado, 6 de diciembre de 2014
Un poema
La fotografías nacen espontáneas. Se toman y se vuelven recuerdos imborrables, referencias de días felices que arrancan una sonrisa.
Tomé la fotografía y su rostro era pensativo, ausente. Frente a ella había un libro de cartón que apenas presentaban. Una poesía dolorosa de otros tiempos.
La señora del público me preguntó si no había sentido el cambio de meridiano en 2001. Desde entonces el tiempo pasa mucho más rápido, no se ha dado cuenta, joven?
También vendía perfumes Mary Kay. Me preguntó si quería ver el catálogo.
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